El agua con gas se ha convertido en una opción habitual en restaurantes, supermercados y dietas que buscan variedad sin añadir calorías. A su alrededor han aparecido dudas y mitos: ¿puede dañar los huesos?, ¿erosiona los dientes?, ¿provoca problemas digestivos?
Como veremos en este artículo, la mejor forma de aclararlo no es con opiniones, sino con lo que muestran los estudios clínicos, así que sin más dilación, vamos a ello.
¿Qué es exactamente el agua con gas?
El agua con gas no es más que agua en la que se ha disuelto dióxido de carbono bajo presión. Algunas aguas lo contienen de forma natural, procedente del manantial, mientras que en otras se añade en el proceso de embotellado. El resultado es el mismo, burbujas que se liberan al abrir la botella o al beber.
Esa gasificación no aporta calorías, pero sí baja ligeramente el pH, de modo que el agua con gas es algo más ácida que la del grifo, aunque muy lejos de la acidez de refrescos o zumos cítricos.
Además, en ciertas marcas se añaden minerales como calcio, magnesio o sodio, que modifican el sabor y el contenido mineral sin cambiar su valor energético. Conviene distinguirla de la tónica o de aguas saborizadas, que pueden llevar azúcar, edulcorantes y ácidos añadidos.
– La escala de pH muestra que el agua con gas (~pH 5) es ligeramente ácida, pero mucho menos que bebidas como la cola (~pH 2,5) o el zumo de naranja (~pH 3). El café también es más ácido (~pH 5). En comparación, el agua sin gas es neutra (pH 7). Esto explica por qué el riesgo de erosión dental del agua con gas es bajo frente a otras bebidas ácidas
¿Qué pasa en el organismo cuando la bebemos?
Al llegar al estómago, el gas se libera y provoca una ligera distensión.
Muchas personas notan con ello más plenitud durante un tiempo o expulsan eructos al liberar el gas.
No es un problema metabólico, es decir, no corta la digestión ni bloquea la absorción de nutrientes. El dióxido de carbono simplemente se elimina, ya sea por la boca o a través de la sangre y la respiración.
En la práctica, esto significa que puede dar una sensación pasajera de llenado, pero también puede resultar incómoda para personas con tendencia a la acidez o a la hinchazón abdominal. En estos casos suele tolerarse mejor si se consume junto a las comidas en lugar de a pequeños sorbos a lo largo del día.
¿Qué dice la ciencia sobre el agua con gas?
Salud ósea
El gran mito es que el agua con gas debilita los huesos. La evidencia lo desmiente. En el estudio de Framingham, realizado en mujeres mayores, se observó que las bebidas de cola se asociaban con menor densidad mineral ósea, mientras que otras bebidas carbonatadas no tuvieron ese efecto.
Todo apunta a que el problema está en componentes de la cola, como el ácido fosfórico, y en que desplazan el consumo de alimentos ricos en calcio, no en las burbujas en sí.
Las mujeres que consumían colas presentaron menor densidad mineral ósea (DMO), mientras que el agua con gas no mostró asociación con pérdida ósea
Dientes y esmalte
En lo que respecta a la salud dental, la diferencia es clara. El agua con gas simple presenta un riesgo de erosión muy bajo, sobre todo cuando se toma con las comidas.
Sin embargo, las aguas con gas aromatizadas con cítricos, por su mayor acidez, han mostrado en pruebas de laboratorio un potencial erosivo más alto, en algunos casos comparable al de los zumos.
La Asociación Dental Americana recuerda que la erosión depende no solo de la acidez de la bebida, sino también de la frecuencia de consumo y del tiempo que la bebida permanece en contacto con los dientes.
El agua con gas simple tuvo un potencial erosivo muy bajo, mientras que las versiones saborizadas con cítricos mostraron un efecto mayor, comparable al de los zumos. (Valores representados de forma relativa para hacerlo visual)
Digestión y apetito
En personas sanas, beber agua con gas puede aumentar el volumen del estómago y dar más sensación de plenitud, aunque esto no siempre reduce lo que se come después. (Cuomo et al., 2011).
El agua con gas aumentó el volumen gástrico antes de la comida, pero la ingesta total de alimentos fue similar a la del agua sin gas. (Los valores se representan de forma aproximada para ilustrar el efecto)
Un ensayo clínico mostró que el agua con gas no altera el vaciamiento global del estómago, aunque sí redistribuye el contenido por la distensión que provocan las burbujas.
En pacientes con malestar gástrico crónico y estreñimiento, se observó en este ensayo clínico también de Cuomo y colaboradores en 2002, que el consumo de agua carbonatada mejoró los síntomas y la función de la vesícula biliar en comparación con agua sin gas.
En pacientes con dispepsia y estreñimiento, el agua carbonatada mejoró significativamente los síntomas frente al agua sin gas
Hidratación y deporte
En cuanto a la hidratación, un ensayo de Maughan et al., (2016) comparó trece bebidas diferentes y concluyó que el agua con gas hidrata igual que el agua sin gas.
No hubo diferencias en la cantidad de orina ni en los marcadores de equilibrio de líquidos.
El índice de hidratación fue equivalente entre agua con gas y agua sin gas a las 4 horas (Beverage Hydration Index, BHI = 100 como referencia)
Por otro lado, en pruebas controladas de ciclismo, añadir burbujas a una bebida con carbohidratos no alteró el vaciado del estómago ni el rendimiento, lo que indica que la carbonatación no supone un obstáculo en este contexto. (Zachwieja et al., 1992).
El tiempo de ejercicio completado fue idéntico con bebida de carbohidratos carbonatada y no carbonatada
Riesgos y limitaciones
No todo son ventajas. En personas con tendencia al ardor o a la hinchazón puede ser incómoda.
El riesgo dental, aunque bajo con agua con gas simple, aumenta con las versiones cítricas y cuando se consume a sorbitos constantes durante muchas horas.
Además, algunas aguas minerales con gas contienen más sodio, lo que conviene tener en cuenta en personas que necesitan limitar la sal.
Análisis crítico de los estudios
La evidencia sobre hidratación es sólida y muestra que el agua con gas funciona igual que el agua sin gas en este aspecto.
Los datos sobre huesos proceden de estudios observacionales, que señalan asociaciones, pero no demuestran causa-efecto; lo que sí queda claro es que el riesgo aparece con colas, no con agua con gas.
En cuanto a salud dental, buena parte de la información proviene de pruebas de laboratorio. Son útiles para entender el mecanismo de erosión, pero no reproducen al cien por cien lo que ocurre en la boca, donde la saliva protege. La recomendación práctica es sencilla, distinguir entre agua con gas simple y las versiones con cítricos, y cuidar la forma de consumo.
Por último, en cuanto a la digestión, los ensayos clínicos han sido pequeños y de corta duración. En personas sanas, el efecto se limita sobre todo a la sensación de plenitud, mientras que en pacientes con dispepsia y estreñimiento sí se han visto mejoras sintomáticas a corto plazo.
En conjunto, el balance depende más del tipo de bebida y del modo de consumo que de la carbonatación en sí.
Conclusiones
El agua con gas simple es segura para la mayoría de la población. Hidrata igual que el agua sin gas, no daña los huesos y solo representa un riesgo dental relevante en sus versiones saborizadas y muy ácidas.
Puede servir como alternativa práctica para desplazar refrescos y, en casos concretos de malestar digestivo, incluso aliviar síntomas. Si provoca ardor o incomodidad, lo más sensato es tomarla junto a las comidas o volver al agua sin gas.